Un pájaro le voló por encima de la cabeza, comenzó a trabajar la rama de un árbol: luchaba por extraer semillas de los frutos. Ella, recostada en su patio, justo donde se conjugaban el sol y el espacio libre (libre de la heterogénea colección de pinos de su padre), se miraba los pies. Tenía restos de esmalte azul desde hacía ya varios días, quizás semanas.
Mientras tanto, la señora trabajaba en el balcón. Llenaba baldes de agua con lavandina y desde lo alto custodiaba echándole miradas largas e inocentes al cuerpo tendido bajo el sol. La recostada piel comenzaba a enrojecerse, a pelarse. Sobre esa masa tranquila zumbó un pequeño caos que se detuvo en su pie y clavó su aguijón. El universo y el dolor se fundieron a la vez. El pequeño insecto desplegó sus alas. Ella quiso gritar pero la voz simplemente no salía, se ahogaba en su garganta, se atascaba. El veneno se expandió desde el pie hasta la rodilla. El dedo gordo se hinchó y se puso morado. La humedad lo empeoraba todo. La chica cayó de la reposera, goteaba baba de su boca. A los minutos formó un laguito en el suelo. Cerró los ojos y sintió el aleteo del pájaro sobrevolando sobre ella en círculos.